De extrañezas y sorpresas

“Necesito volver a mi pasado…”

Estoy ante el barandal que separa mi presente del tiempo en el que fui: tiendo la vista con la intención de describir sin maquillaje lo que encuentre: no es un pasado glorioso como el que por lo regular me finjo. Atisbo contornos difusos, rostros que se han borrado; emociones -más bien fantasmas de emociones-; fuerzas desmayadas que empuñaban banderas que hoy están raídas y mudos sus colores. Mi pasado es un desván de cosas rotas donde los recuerdos yacen sin poseer siquiera una clasificación cronológica. En nada se parece esta nebulosa a la historia coherente que cuento cuando me preguntan o me pregunto por mi vida. No busco redimirme ni justificarme ni siquiera entender, entenderme; sino recuperar lo que hay, lo que efectivamente me muestre la memoria antes del esfuerzo de autorreconstruccion que arma ligas causales, que ordena los antes y los después, que inyecta vida y da forma y pasión a lo que fue.

Hoy trato de llevar a cabo una auténtica espeleología por las grutas añejas del alma y, la verdad, hay tan poco en mi fondo, está todo tan deteriorado que apenas si distingo con claridad unos nombres que se corresponden vagamente con unos perfiles que se desdibujan. El estado de mis recuerdos viejos es tan lamentable que, literalmente, me parece que no tuve ni adolescencia ni infancia; que pasé de noche por aquellos entonces y, sin embargo, por fotos y por escritos, sé que hubo convicciones firmes, grandes pasiones, que me arrastraron a empresas que en su momento debieron haber sido titánicas y, sobre todo, amadas, pero que hoy no tienen ningún significado para mí.

Me veo en un mitin agitando, desde un templete, las manos y las palabras, pero aquella taquicardia se me confunde con la que sentí en el descanso de la escalera de mi secundaria esperando a que pasara una niña cuyo rostro hoy ni forma tiene. Sé que podría hablar de entusiasmo y de amor; pero esas emociones serían un préstamo piadoso que le daría a mi recuerdo para que asomara menos desteñido en mi memoria, pues la verdad es que hoy no experimento nada, es como si hojeara una serie de fotos ajenas y ajadas.

Y por lo visto, ni las pérdidas dolorosas -que como cualquiera las he tenido y muchas- mantienen su impacto, pues también mis tragedias personales yacen anémicas, amortiguadas, inconexas y grises como todo lo demás. La memoria profunda es un pantano del que no puede dragarse ningún sentimiento, el esfuerzo de recuperación consigue, en el mejor de los casos, una estampa sin contexto emocional: no me gusta lo que veo, lo que realmente hay.

Necesito volver a mi pasado como lo he hecho siempre, metiéndole historias, soporte literario, tramas y túneles: novelarme para dejar de sentir este aire frío de muerte que viene de lo que fue mi vida. Pero hoy, hasta aquí, esta ha sido la verdad.

Twitter:

@oscardelaborbol

Por Óscar De la Borbolla

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