Lo que pasa y quedará

La Condesa

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Una varilla en forma de lanza te ha atravesado el vientre de cincuenta y siete años

Y casa de tres hijos que viven de vuelta en el país del que huiste cuando los dictadores .

Te ha sacado de golpe las entrañas, las lágrimas y el dolor que vinieron en cascada.

Brotaron tus secretos viejos, tus silencios que pensabas olvidados

Nadie los puede ver, los escombros han cubierto tu humanidad y todos tus rincones.

Tus manos se aferran a esa especie de asta pero sin bandera

Recuerdas de pronto las que cargabas en la primaria, con tu uniforme

Con aquellos guantes blancos que aprendiste a almidonar en los fregaderos de la Portales.

No sabes qué hacer al oler la sangre que escuchas salir a borbotones.

No ves nada, pero abres los ojos pues siempre te gustó mirar.

Piensas en todo lo que estaba por venir:

Sembrar unos jazmines, unos brotes de jengibre y tus amadas suculentas en tu pequeño balcón en que esperabas las tardes.

Deseabas ir al mar para ver el cielo mecida por el ruido de las olas que no descansan nunca.

Visitar una tarde el cementerio de tus padres y leerles las cartas que jamás se enviaron

Por falsos orgullos, ella en Chile y él acá hasta antes que volvieron a ser una familia en el 85

Te detienes en una larga lista de imágenes que se agolpan en segundos

Y que por años dejaste para un mejor momento que no llegaba todavía

Te alivia saber que no tienes deudas de honor

Pero quieres pedir perdón por tus pecados.

Sabes que ha llegado el momento de dar cuentas por tanto y tanto

Empiezas a sentir que te abandonas, como si estuvieras viajando a otra dimensión, como sentías al tercer mezcal, justo antes de ponerte a cantar.

Con las rodillas en el piso, imaginas  el horizonte y quisieras ver su cuerpo

Caminando hacia ti, abriéndote los brazos desde lejos y hablándote como cada noche

Al llegar al departamento de la Condesa, como te llamaba cuando te murmuraba en tus oídos palabras inventadas

Lo imaginas sacando la lanza y borrando las heridas y caes unos centímetros si acaso.

Dándole un largo abrazo agradecido y prometiéndole que lo verás muy pronto te aferras al suelo.

Los rescatistas te encuentra dos días después entre libros, madera,  pedazos de cristal

Apareces con lo que fue un vestido rosa. Aún hueles a perfume y sigues siendo hermosa

Él te mira a lo lejos desde las vallas en que ha estado de pie esperando.

Al pasar en la camilla lo dejan acercarse y te toca el brazo, con una voz grave te dice:       “ Ya pasó todo mi Condesa”

Los jóvenes que están cerca de él lo abrazan y él camina para acompañarte en la ambulancia, les dice adiós y  los abraza con ese mismo afán con que festejaba tus gestos de niña.

Imagen: Cuento de Alejandra Pizarnik: Torturas clásicas (La condesa sangrienta)

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