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Un poco de inocencia

Ya está. El momento ha llegado. He conseguido proteger a mi hijo de la mediocridad de lo real durante ocho años. Pero la verdad lo espera agazapada en el calendario, lista para saltarle a la yugular al primer descuido. Y, sin embargo, pienso, la vida es un largo camino hacia el descreimiento. Al niño le quedan por delante décadas para decepcionarse de líderes políticos, parejas sentimentales, ofertas de telefonía, dietas milagrosas… Lo único que puede hacer un padre es retrasar el paso unos minutos con algunas mentiras bonitas:
—Bueno, es que… verás… Los padres ayudamos a Papá Noel… para que no haga todo el trabajo solo. ¿Comprendes?
Consigo que crea en la magia durante 10 minutos más, en los que parece meditar. Pero es demasiado tarde: una vez que la realidad ha puesto un pie en tu vida, ya no te vuelve a soltar:
—Pero, ¿de dónde saca Papá Noel dinero para tantos regalos? ¿Es rico? ¿Paga impuestos? ¿Y cómo puede estar en todas las casas del mundo la misma noche? Ni siquiera se puede visitar todas las de la ciudad en una sola noche ¿No? ¿Y por dónde entra en los apartamentos que no tienen chimenea? ¿Y…?
—¡Basta! —grito mientras naufraga la fantasía—. ¡Basta! No existe ¿Ok? ¡Nunca existió!
El niño vuelve a sumirse en sus reflexiones. Tras mucho pensar, toma una decisión:
—Papi, no le digas a la abuela que ya lo sé. Seguro que me empezaría a regalar ropa, como a ti. Qué rollo.
Derrotado y al borde de las lágrimas, yo sigo esperando que Papá Noel exista.
Esta Navidad, le pediré en mi cartita un poco de inocencia.

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